Caos
- Quince minutos antes de la una,
un auto blanco sale de la nada
y frena. Una pistola. Un hombre tira
del gatillo, y alcanzo a ver la mano
del maître d’ que se alza arriba; el vino
fluye muy lentamente por el suelo.
- Los sábados de primavera suelo
ir a desayunar como a la una.
Es un buen restaurante, sirven vino
y gordas omelettes. Y bueno, nada,
llego y el maître d’ me da la mano
y oigo que un hombre afuera grita “¡tira!”
- Yo nunca voy ahí: siempre hay la tira
de gente ricachona y hasta el suelo
parece ser de plata. Veo la mano
pequeña del reloj: es ya la una
pasada. “Voy camino de la nada”,
me digo. Y noto que la nada vino.
- Oigo “Me gusta el vino porque el vino
es bueno” mientras leo la nueva tira
de un tal Bernardo Erlich. No está nada
mal, ¿eh? ¿Y qué te digo? No, no suelo
ir por ahí. De pronto silba una
camionetilla azul y veo la mano.
- Esos culeros son la mierda, mano.
Era por mí que aquel picop gris vino.
Cierto que debo más o menos una
fortuna. Los oí. “Llegó la tira”
pensé, pero alcancé a tirarme al suelo
y se largó el picop como si nada.
El mundo gira, solo gira, y nada
está en reposo. A veces una mano
tensa protesta y se derrumba al suelo
con todo y la botella. Luego el vino
vertido se desliza en una tira,
se mezcla con la sangre, y da la una.
Nos une una visión, nada más una:
una mano fugaz, un solo vino,
y una tira de sangre sobre el suelo.